ABC 26.11.11
Las elecciones celebradas ayer en Marruecos abren un serio
interrogante sobre la capacidad del régimen para movilizar a la población. La
triste participación que podría estar por debajo del 37 por ciento de los
anteriores comicios revela la apatía y la falta de credibilidad ante lo que
debía ser un hito en el proceso de reformas. Los islamistas radicales y otras
fuerzas volcadas en el boicot utilizarán sin duda el resultado para reforzar su
posición que ataca los cambios por insuficientes y pone en duda la voluntad
democratizadora del régimen. Las reformas tienen un detonante claro: la
Primavera Árabe. Y un objetivo que no lo es menos: impedir que la oleada de
levantamientos insurreccionales llegue a nuestro vecino. Todos han entendido ya
el mensaje que llega de las masas tunecinas, libias, egipcias y sirias. Quien
no haga reformas se verá acosado en las calles y probablemente arrollado tarde
o temprano. Mohammed VI cuenta con razones para creer que su régimen puede
aguantar el embate de la historia. Su régimen tiene una legitimidad histórica
como ningún otro afectado. Pero sabe que tiene que actuar con rapidez. El rey
lo hizo. En pocos meses hizo aprobar una reforma constitucional que recorta sus
poderes e introduce reformas que, de hacerse efectivas, sí supondrían unos
cambios sustantivos en el ejercicio del poder y la democratización del país.
Los partidos oficialistas han apoyado este curso, incluidos los islamistas del
Partido de Justicia y Desarrollo. Pero da la impresión de que el régimen ha
perdido la iniciativa frente a la calle. Con una participación más baja que las
elecciones del 2007 puede decirse que lo importante no será el partido más
votado. Sino la reacción de quienes no han acudido.
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