ABC 15.04.11
Los
pobres comunistas chinos se enteraron por la Prensa española de lo generosos
que habían sido
ESPAÑA
llegó a ser la octava potencia económica del mundo y es aún, pese a lo que se
castiga a sí misma, una potencia media europea. Su estado, paternalista,
metomentodo y rapaz, da empleo y comida a millones, cobra tributos con
puntualidad teutona y eficacia cruel, hace carreteras, tiene aviones para que
viajen los ministros, manda soldados muy lejos y hasta organiza cenas sin que
se le queme el puré. Y sin embargo, ningún español se puede sustraer a la
impresión de que nuestro Estado funciona como la mercería de la tía Rosita. Y
cuando este Estado comete un error —casi siempre en perjuicio de sus
maltratados súbditos— siempre recurre nada menos que a su carácter humano para
justificarlo. De repente todos muy humanos. Ya saben, puede pasar. Hoy por ti,
mañana por mí —Oiga, no: hoy por ti, mañana por ti y siempre por ti—. Para a
continuación volverse a poner la cara de todopoderoso, mas justo Leviatán. Que
irrumpe en las vidas de todos con sus pretensiones regulatorias, su crueldad
ordenancista, sus caprichos experimentales y su infatigable vocación
confiscatoria.
En estos últimos años hemos
asistido a un proceso realmente curioso. Mientras el Leviatán ha crecido sin
cesar en pretensiones, arrogancia, caprichos, voluntad intimidatoria y
auténtica mala fe hacia sus administrados, cada día que pasaba adquiría más
características de la entrañable mercería de la tía Rosita. En la que se
perdían los pedidos y las cuentas con tanta facilidad como los botones y
alfileres. Y donde todos los errores son justificados al gritito del susto
impostado ¡ay, qué cabeza la mía! No vamos a hacer sangre ahora con algunos de
los peores sustos de la tía Rosita cuando se va de viaje. Como el del
miércoles, cuando nos hizo saber que les habíamos distraído a los chinos 9.000
millones de euros para las Cajas de Ahorros. Los pobres comunistas chinos —que.
por cierto, deben de pensar que a Doña Rosita le parece bien que encarcelen,
torturen y si es menester ejecuten a sus demócratas—, los pobres chinos, digo,
se enteraron por la Prensa española de lo generosos —o insensatos— que habían
sido. Se alarmaron y miraron los bolsillos. Y cuando vieron que la visita se
había ido, hicieron saber al mundo que de 9.000 millones, naranjas de la china.
Seguro que pensaron estos gestores chinos de sangre fría, que mueven los
millones del superávit con la muñeca acostumbrada al tiro en la nuca, que dada
la seriedad y la solvencia de la que hacen gala doña Rosita y su tropita, es
recomendable darle más de una vuelta a eso de invertir dinero donde puedan meter
mano éstos.
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