ABC 18.03.11
La reacción europea a las dos crisis en el planeta, Japón y
Libia, quedará como página indecorosa y materia de estudios.
CUANDO a los europeos se les pase el arrebato histérico de
lloriqueos por la «apocalipsis nuclear» —en realidad triste llanto de
autocompasión y miedo—, quizás los valientes libios que llevan un mes jugándose
la vida todos los días por su libertad y la caída del payaso sanguinario de
Muammar el Gadafi hayan abierto un nuevo capítulo en su historia. Y hayan
evitado morir en masa en una orgía de represalia brutal que les había prometido
el sátrapa para el día después de su victoria militar, que en los últimos días
parecía segura. Desde luego, mucho más segura que esa «hecatombe» en Japón que
llevan dando por inevitable —cuando no por consumada— tantos titulares de
medios europeos. Sólo se ven superados en su desasistida angustia irresponsable
por una tropa de políticos europeos directamente patéticos. En descargo de
ambos, medios y políticos, sólo cabe decir que son probablemente fiel reflejo
de las sociedades que hemos creado en estas democracias del bienestar y el
capricho, de estos individuos desorientados y sin historia, que sólo saben
exigir derechos y seguridad y sienten pánico en cuanto creen en peligro los
unos o la otra. Porque no se sienten ni competentes ni con coraje suficiente
para defenderlos. Pero ni el mundo ni la historia se dejan llevar por los
caprichos de los más débiles, por lo que la reacción europea a las dos crisis
en el planeta, Japón y Libia, quedarán como página indecorosa y materia de
estudios para psicosociales o psicopolíticos. Si genera vergüenza e indignación
en algunos europeos, podremos pensar que no todo está perdido. Pero cuesta
trabajo tener esperanza ante la falta de sobriedad y entereza, de coraje y
generosidad que se ha demostrado. Pero volvamos a Libia y a la nueva esperanza
que se abre para que la pesadilla de un retorno de Gadafi al pleno poder en
Libia desaparezca para siempre.
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