ABC 15.02.11
Poco
botín ha sido el «caso Camps» para tanto gasto y empeño expedicionario e
inquisitorial de la fiscalía
CONFIESO
que me da igual que Francisco Camps sea o no el cabeza de lista del Partido
Popular en Valencia ante las próximas elecciones autonómicas. Primero, porque
yo no tengo que votarle en ningún caso. Y segundo, porque es de esos muchísimos
políticos que no destacan ni por sus criterios, ni por brillantez, originalidad
ni audacia. Lo mejor que se puede decir de él es que su gestión se ha
caracterizado por el sentido común. Lo que no es poco en estos tiempos de furor
ideológico del tontiloquismo redentor del Gran Timonel. Al parecer es eso lo
que convence a una abrumadora mayoría absoluta de los valencianos a inclinarse
a dar su voto al PP, lo dirija el señor Camps o no. Lo que tiene gracia es que
la Fiscalía Anticorrupción presuma ahora de haber ha conseguido montarle una
causa a Camps por el célebre asunto de los trajes por «cohecho impropio», lo
que ni siquiera conllevaría su inhabilitación y se zanjaría con una multa de
algo más de 41.000 euros. Por aceptar unos regalos sin contraprestación alguna.
El Ministerio Público, que tantos asuntos gravísimos se ha visto obligado a
relegar a esta máxima prioridad del Estado que era el caso de esos trajes de
medio pelo de Camps, reconoce no tener indicios de tráfico de influencias,
contratación irregular ni financiación ilegal. ¡Por Dios, señores, qué fiasco
el suyo! Después de dos años de utilizar todos los medios del Gobierno y del
Estado, policía y fiscalía, amiguetes de la judicatura, de filtraciones reales
o falsas, intoxicaciones múltiples y multiplicadores de opinión y agentes,
éstos sí sospechosísimos de cohecho continuado y prevaricación constante en
favor del rodillo socialista; ¿esto es realmente todo lo que han sabido
encontrarle? Me gustaría ver a mí cuántos políticos con unos cuantos años
ejerciendo tareas no ya de gobierno, sino de cierto relieve, superarían un
escrutinio como el aplicado a la vida y el entorno de Camps con una acusación
como esa. Por no hablar desde luego de nuestra tropa ministros y caciques. Que
nos lo digan, el Pepiño de la casita costera y el «maná» a las empresas amigas,
el Chaves de la niña subvencionada, el Griñán de los EREs egipcios, el
Rubalcaba de los faisanes y las medallas pensionadas, el Bono «seseñero» y sus
cabarellizas, la Pajín con sus subvenciones y ONGs amigas y hermanas o la niña
Aido con sus cuentas del Gran Capitán del Ministerio de la Igual Dá.
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