ABC 17.05.11
Ahora
se trata de acabar con una pesadilla, que es esta agonía bajo esos zombies de
Moncloa y Ferraz. Y Rajoy puede hacerlo
TIENE
muy enfadados don Mariano Rajoy a muchos de sus votantes. Y no me refiero sólo
a mi querido y admirado Federico Jiménez Losantos y a sus muchísimos
seguidores, a los que hierve la sangre con esa especie de indolencia despistada
que cultiva el líder de los «populares». Son muchos los españoles,
profundamente dolidos e indignados por las tropelías que comete el Gobierno del
Atila de León, que reprochan a Rajoy lo que consideran falta de músculo
político y coraje para dar la batalla de las ideas ante una intensificación de
las agresiones de los socialistas al Estado de Derecho, a la propia idea de
España, a las libertades y al sentido común. Y el líder de la oposición sigue
de mitin en mitin, hablando de los desastres causados por la gestión del
Gobierno Zapatero, y disculpándose después por si hubiera estado tedioso. Que,
estamos todos convencidos, lo está en la mayoría de las ocasiones. No le cuesta
ser aburrido. Y no hace nada por evitarlo. El mensaje de Rajoy, en clave de
boticario, insiste en que se pueden hacer las cosas bien, de forma ordenada y
tranquila, para que salgan bien. Esta desnudez ideológica total resulta
exasperante. No ya sólo por las provocaciones de los socialistas en la
precampaña y campaña que se han intensificado según pasaban días y semanas.
También por los gravísimos hechos orquestados por Zapatero y su Fouché que
conmocionan a tantos españoles, como son la obscena operación de liquidación
del Tribunal Supremo como tal, con el comando socialista del Tribunal
Constitucional. En el escandaloso caso de las candidaturas de Bildu. Con la
liquidación de la «acción popular» para dejar manos libres a su tropa de la
fiscalía. O con la anunciada liquidación de la «doctrina Parot», otra
importante arma de la lucha antiterrorista que ahora desmantelará el susodicho
comando togado para cumplir uno de los acuerdos entre el Gobierno y ETA. En el
marco de esa hoja de ruta por la que transitamos hacia el añorado abrazo de
Vergara entre la izquierda abertzale y los socialistas. Se sucederán en los
próximos meses decisiones que, como dijo la madre de Joseba Pagazaurtundúa,
«nos helarán la sangre». Todo esto —y lo que vendrá, porque amenazados como
están, son capaces de todo— ha aumentado la demanda de alguien que exprese en
gritos la indignación que embarga a millones de españoles. Y muchos miran al
jefe de la oposición, a quien consideran debiera hacerlo, alzar la voz en
defensa de todos los heridos por los desmanes del gobierno. Y se topan con este
gallego que apenas sabe elevar la voz, que es la personificación de la
«antilujuria política» y se niega irritado a cumplir con ese papel que, por
lógica tantos le tienen asignado.
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