ABC Martes, 20.12.11
SEA lo que fuere el más allá, no se van a encontrar allí
estos dos hombres que han muerto con menos de veinticuatro horas de diferencia.
Vaclav Havel y Kim Il Sung, da reparo mencionarlos en la misma frase. Resulta
casi chocante que dos seres de la misma especie puedan ser distintos. Uno de
ellos volcado en hacer el bien, en reprocharse no ser aún mejor cada día, en
evitar el mal al prójimo y sufrir cuando, por desgracia tantas veces, esto no
es posible. El otro, un ser encanallado desde la infancia, tan embriagado de
poder como de coñac Hennessy, perfectamente satisfecho por el dolor y el terror
que generaba. Un hombre cuya única obsesión de por vida ha sido mantener el
poder absoluto manejando los resortes más violentos y los instintos más bajos
para mantener sumisos a sus generales y paralizados por pánico a sus súbditos.
En Hradecek, en Bohemia oriental, moría mi querido y admirado Vaclav Havel, el
último presidente de la desaparecida Checoslovaquia, el primer presidente de la
República Checa. Recibió en vida todos los honores posibles. Pero él siempre
insistió en que su paso por los palacios y los cargos habían sido una especie
de embajada, un papel transitorio más en su vida, esa vida que con razón Milan
Kundera calificó de «obra de arte». Siempre fue el infatigable luchador por la
libertad y la dignidad del ser humano, allá donde esté, allá donde se le
persiga. En los peores años de la dictadura soviética en su país, ya bajo
Stalin y siempre después; cuando era general la convicción de que el comunismo
era un estado irreversible, Havel nunca dejó de ser ese osado impertinente que
rompía la tranquilidad de plomo para reclamar los derechos propios y ajenos.
Fue el luchador infatigable por los derechos humanos y los valores de la
humanidad. Havel no se lo puso nunca fácil al régimen comunista checoslovaco.
Pero éste tampoco a él. Lo persiguió con obsesión y sin compasión. Le
encarceló, le difamó, quebró su salud y le intentó humillar una y mil veces.
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