sábado, 14 de febrero de 2015

LA MENTIRA COMO LASTRE

Por HERMANN TERTSCH
ABC Viernes, 23.12.11


TURQUÍA ha anunciado la ruptura de todas sus relaciones políticas, económicas y militares con Francia. Es consecuencia inmediata de la aprobación ayer por parte de la Asamblea Nacional de una ley que perseguirá el negacionismo del genocidio al pueblo armenio en Turquía en 1915/1917. La tensión entre París y Ankara viene de lejos y no sólo por esta controvertida ley. La clara posición de Nicolás Sarkozy en contra de la integración de Turquía en la Unión Europea ha creado ya hace unos años una insólita frialdad en estas relaciones de dos países con considerables relaciones comerciales y aliados en el seno de la OTAN. Pero esta ley ha hecho estallar un conflicto que puede tener consecuencias serias. Y que hay que temer se le esté escapando de las manos al primer ministro turco Rayyip Erdogan. Las leyes que persiguen algún tipo de negacionismo histórico son siempre controvertidas. Aunque tengan sólidas razones como es el caso de las leyes alemanas. La persecución del negacionismo del Holocausto en Alemania y en muchos países europeos es piedra angular de la defensa del honor de las víctimas pero también de la seguridad e integridad del propio Estado de Derecho. Porque la negación del genocidio probado y documentado tiene por objeto la reactivación de los postulados de los autores del mismo. En ese sentido, la persecución de la negación de la existencia de Auschwitz forma parte del entramado de leyes muy pertinentes y racionales contra el nazismo. La diáspora armenia ha pedido siempre en todo el mundo el reconocimiento de la verdad histórica de este genocidio. Una verdad que está perfectamente documentada. Centenares de miles de armenios fueron masacrados por fuerzas turcas en una limpieza étnica motivada por el miedo a que fueran una amenaza para el joven y frágil estado turco que emergía del hundimiento del Imperio otomano en plena Gran Guerra. En Francia, la colonia armenia, grande e influyente, logró llevar este proyecto de ley a la Asamblea.

El problema no está en esta ley que puede gustar o no. El problema está en el profundo error del Estado turco que casi cien años después sigue haciendo dogma de Estado de la mentira que niega aquel genocidio. La mentira oficial pudo ser comprensible en el Estado dictatorial de Kemal Atatürk para ocultar un pecado original en su fundación. Pero la mentira siguió siendo razón de Estado. En principio por la lealtad del ejército turco al legado kemalista. Turquía cambió. De forma espectacular. Hacia la democracia y una libertad de información y prensa cada vez mayor. Y con llegada al poder del partido islamista AKP de Erdogan cayeron muchos dogmas de la religión laica del kemalismo. Pero no éste. No habría sido difícil en la transición haber permitido el debate. Y haber hecho pedagogía. En nada pueden verse comprometido ni las generaciones vivas ni el actual estado turco por aquellos acontecimientos. Una reconciliación con la vecina Armenia habría sido beneficiosa para ambos. La cuestión de posibles compensaciones habría sido asumible. Y Turquía se habría visto liberada de esa gran losa que supone mantener una mentira manifiesta como piedra angular de su identidad. No se ha hecho por una razón ante todo. Erdogan ha asumido la mentira como arma nacionalista en su ya alocada carrera desmedida por erigirse en líder de una potencia en Oriente Medio y Asia Central. Ahora, como islamista y nacionalista a un tiempo no sólo defiende la mentira sino amenaza poco menos que con un «casus belli» a Francia si no renuncia a su soberanía legislativa en la Asamblea Nacional. La propia mentira armenia y la megalomanía de Erdogan se han convertido en cóctel explosivo.

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