ABC Viernes, 02.12.11
A nadie debe extrañar que
el embajador de Alemania, Reinhard Silberberg, esté algo cabreado con lo que
tiene que leer y escuchar últimamente en los medios españoles. En este país en
el que ha sido doctrina oficial durante ocho años descalificar a los críticos
llamándolos fascistas, franquistas o traidores, a muchos les parece hasta
lógico que las diferencias de criterio con la canciller alemana, Angela Merkel,
conviertan a ésta en «Sor Angela María de la cruz esvástica», a los alemanes en
nazis vocacionales y todas las opiniones o decisiones de Berlín en «divisiones
panzer». Este embajador, casado con una española, un socialdemócrata de vieja
escuela, es un diplomático profesional, de esos que también existían aquí y que
el sectarismo socialista ha llevado al pasillo, a la excedencia o a la
depresión. Tiene por tanto aguante y no se alarma por majaderías puntuales que
pueda generar el populismo que en estos momentos se nutre de la germanofobia.
Pero sería lamentable que esta agitación primitiva de antigermanismo, fomentaba
por el partido aun en el Gobierno produjera daños permanentes en unas
relaciones que son de veras privilegiadas. Lo son por una historia secular de
lazos e intereses comunes y porque la fortuna impidió que estos dos pueblos se
enfrentaran nunca. En Grecia e Italia son fáciles de movilizar los odios de la
ocupación alemana. Aquí la memoria común es amable. Estas estrechas relaciones
son inmensamente beneficiosas para ambos. Si sufrieran un daño permanente y la
percepción de esa hostilidad se trasladara a la opinión pública alemana, en
España son muchos los sectores que pagarían muy caros los obscenos chistes de
«la Merkel» con bota hitleriana. El embajador Silberberg es un alemán tranquilo
y da la impresión de que él también piensa que lo peor ha pasado. Porque al
margen de periodistas cuya información sobre Alemania parece proceder de
películas y tebeos de hazañas bélicas y de algún sesudo analista anclado en sus
muy legítimos prejuicios, la mayor parte del ruido anti alemán ha salido de la
cocina informativa del Gobierno Zapatero. Éste es ya historia. Y dudo que el
embajador se vaya a rasgar por ello las vestiduras.
Son muy lógicas y justificadas las críticas a la gestión de
la crisis europea y desde luego Berlín tiene la responsabilidad que le toca.
Aquí todos nos hemos equivocado. Porque con la introducción del euro no se
crearon los mecanismos necesarios para coordinar economías tan dispares.
Algunas, como la alemana, comenzaron su dura reconversión hace tres lustros
bajo el Gobierno socialdemócrata de Gerhard Schröder. Rompiendo todos los
esquemas, moles y regulaciones previas. Véase el salario mínimo, inexistente en
todos los países más desarrollados de Europa, en los que el desempleo ahora está
en su cota más baja desde hace veinticinco años. Lo que Alemania espera y
Sarkozy ayer proclamó también es que nos bajemos de la vida irreal e inviable
en que nos habíamos instalado con la deuda. Será duro porque estas sociedades
están acostumbradas a un bienestar que no habían generado. Pero no hay
alternativa. Otra que el desorden, la marginalidad y algo peor que la pobreza,
la vía muerta. Ayer el embajador Silberberg dio una comida a la Asociación
Hispano alemana. Y volvió a explicar que no habrá eurobonos. No sólo porque la
hormiga contribuyente alemana no es muy partidaria de asumir toda la deuda de
las cigarras sureñas. Sino porque su mera existencia desincentivaría las duras
reformas. Que hay que hacer. Y ahora. España tiene una magnífica ocasión de liderarlas.
Dicho todo esto, no crean que soy un germanófilo incondicional. Ni que le
agradezco así a Silberberg su magnífico almuerzo. Es que creo que tiene razón.
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