sábado, 14 de febrero de 2015

EL ALEMÁN TRANQUILO

Por HERMANN TERTSCH
ABC Viernes, 02.12.11


A nadie debe extrañar que el embajador de Alemania, Reinhard Silberberg, esté algo cabreado con lo que tiene que leer y escuchar últimamente en los medios españoles. En este país en el que ha sido doctrina oficial durante ocho años descalificar a los críticos llamándolos fascistas, franquistas o traidores, a muchos les parece hasta lógico que las diferencias de criterio con la canciller alemana, Angela Merkel, conviertan a ésta en «Sor Angela María de la cruz esvástica», a los alemanes en nazis vocacionales y todas las opiniones o decisiones de Berlín en «divisiones panzer». Este embajador, casado con una española, un socialdemócrata de vieja escuela, es un diplomático profesional, de esos que también existían aquí y que el sectarismo socialista ha llevado al pasillo, a la excedencia o a la depresión. Tiene por tanto aguante y no se alarma por majaderías puntuales que pueda generar el populismo que en estos momentos se nutre de la germanofobia. Pero sería lamentable que esta agitación primitiva de antigermanismo, fomentaba por el partido aun en el Gobierno produjera daños permanentes en unas relaciones que son de veras privilegiadas. Lo son por una historia secular de lazos e intereses comunes y porque la fortuna impidió que estos dos pueblos se enfrentaran nunca. En Grecia e Italia son fáciles de movilizar los odios de la ocupación alemana. Aquí la memoria común es amable. Estas estrechas relaciones son inmensamente beneficiosas para ambos. Si sufrieran un daño permanente y la percepción de esa hostilidad se trasladara a la opinión pública alemana, en España son muchos los sectores que pagarían muy caros los obscenos chistes de «la Merkel» con bota hitleriana. El embajador Silberberg es un alemán tranquilo y da la impresión de que él también piensa que lo peor ha pasado. Porque al margen de periodistas cuya información sobre Alemania parece proceder de películas y tebeos de hazañas bélicas y de algún sesudo analista anclado en sus muy legítimos prejuicios, la mayor parte del ruido anti alemán ha salido de la cocina informativa del Gobierno Zapatero. Éste es ya historia. Y dudo que el embajador se vaya a rasgar por ello las vestiduras.

Son muy lógicas y justificadas las críticas a la gestión de la crisis europea y desde luego Berlín tiene la responsabilidad que le toca. Aquí todos nos hemos equivocado. Porque con la introducción del euro no se crearon los mecanismos necesarios para coordinar economías tan dispares. Algunas, como la alemana, comenzaron su dura reconversión hace tres lustros bajo el Gobierno socialdemócrata de Gerhard Schröder. Rompiendo todos los esquemas, moles y regulaciones previas. Véase el salario mínimo, inexistente en todos los países más desarrollados de Europa, en los que el desempleo ahora está en su cota más baja desde hace veinticinco años. Lo que Alemania espera y Sarkozy ayer proclamó también es que nos bajemos de la vida irreal e inviable en que nos habíamos instalado con la deuda. Será duro porque estas sociedades están acostumbradas a un bienestar que no habían generado. Pero no hay alternativa. Otra que el desorden, la marginalidad y algo peor que la pobreza, la vía muerta. Ayer el embajador Silberberg dio una comida a la Asociación Hispano alemana. Y volvió a explicar que no habrá eurobonos. No sólo porque la hormiga contribuyente alemana no es muy partidaria de asumir toda la deuda de las cigarras sureñas. Sino porque su mera existencia desincentivaría las duras reformas. Que hay que hacer. Y ahora. España tiene una magnífica ocasión de liderarlas. Dicho todo esto, no crean que soy un germanófilo incondicional. Ni que le agradezco así a Silberberg su magnífico almuerzo. Es que creo que tiene razón.

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