ABC 24.05.11
La
labor es ingente porque el daño infligido a este país por Zapatero y su tropa
sectaria es indescriptible
ESTÁ muy bien eso de que tantos españoles hayan disfrutado
de una buena noticia con la apabullante derrota del partido de Zapatero. Andamos
muy escasos de nuevas agradables. La principal virtud del resultado del 22 de
mayo es que inocula esperanza en nuestra sociedad. Esperanza que rompe ese
fatalismo resignado que paraliza por igual la ilusión y la inversión, las ideas
y las ganas de llevarlas a cabo. La necesitan millones de ciudadanos que llevan
años asistiendo a esta pesadilla colectiva que es la segunda legislatura del
eterno adolescente. Un siniestro espectáculo que otros comenzamos a ver mucho
antes, nada más proclamar su muy rara victoria el 14 de marzo del 2004. Pocos
creían entonces que habrían de llevarnos a los umbrales de la ruina, a la
angustia y la depresión, con su aventurerismo inane, su ineptitud, su
resentimiento y su odio a la libertad. Pero ya estaban entonces presentes todos
esos ingredientes en su actitud, su catadura y su mensaje.
Hay por fin esperanza porque en
muchos rincones de España se van a abrir por primera vez las ventanas para que
entre el aire fresco y la luz en ambientes putrefactos desde hace décadas. Y
puede que así demos un paso imprescindible hacia esa regeneración tan necesaria
para toda esta sociedad embarrancada. Un resultado como el del domingo ha de
convertirse en un punto de inflexión para la vida nacional. Y ahora sí es el
momento para que Mariano Rajoy abandone al menos por unos momentos su laconismo
y prepare y proclame un manifiesto para esa regeneración moral y política en
todo el país. Para decir que no se tolerarán desmanes por triviales que sean en
ningún rincón de nuestra geografía, se llame Valencia, Sevilla o Toledo. Y que
se instaura la cultura, la ética de la responsabilidad, abolida por estos
gañanes. Al mismo tiempo ha de ser una llamada al ejercicio pleno de la
libertad y desmantelamiento de la asfixiante red regulativa y coactiva que impide
a los ciudadanos convertir sus deseos, ideas e iniciativas en actividad. Rajoy
y su partido tienen una oportunidad única de convertir la lucha política contra
el socialismo en retroceso, en un proyecto de modernización global de España.
Para eso hace falta coraje. Y un llamamiento a la movilización de lo mejor de
esta sociedad para hacer frente a la emergencia nacional en la que nos ha
hundido una secta de mequetrefes endiosados. Hacen falta coraje y grandeza. Las
dificultades son inmensas. Y como siempre intentarán imponerse las mezquindades
de los aparatos tristes y las almas de buhonero, pero los resultados del
domingo revelan que el momento es propicio. Que podemos enterrar
definitivamente esos fantasmas del pasado, el culto al resentimiento, la vileza
como forma de vida pública. Que esta profunda crisis puede acabar siendo la
catarsis para que la sociedad española se libere de los terribles lastres del
pasado, reactivados con miserable eficacia por los actuales gobernantes.
No tendrían perdón quienes
ahora pueden liberar a este país de la pesadilla y presentar ese gran proyecto
nacional si sucumben a sus propios miedos y cicaterías. La labor es ingente
porque el daño infligido a este país por Zapatero y su tropa sectaria es
indescriptible. Producen estupor sus dimensiones en tan breve plazo. Y en
tiempos de paz, porque la destrucción parece diseñada por un enemigo.
Generaciones van a recordar a Zapatero por su siniestro legado. El peor es sin
duda el triunfo de ETA en el País Vasco. Es la historia de una infamia como no
la merece nación alguna. Pero tiempo habrá de hablar de esta gran traición, sus
artífices y sus muchos cómplices.
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