ABC 08.07.11
Nuestro
ministro del Interior travestido en antisistema. Tras el septenio negro, un
delirio de traca final
CUANDO
jugábamos a policías y ladrones, los niños pelotas siempre querían ser los
«polis». Supongo que porque en las películas son los guapos que se quedan con
las chicas. Y porque en los guiones ñoños suelen ganar. Los ladrones, aparte
del reproche social y de la mala prensa, tienen las del perder, al menos en el
cándido mundo de los niños que aún juegan a esas cosas. Por eso los papeles se
solían echar a suertes. Así, a todos nos tocó jugar como policías y como
ladrones. Pero lo que ningún niño nunca pretendió fue jugar ambos papeles al
mismo tiempo. Pues en esta España mágica que nos ha creado Alicia/Atila, ya ha
saltado por los aires la sana lógica de los niños. Muchos pugnan por destacar
en ello. Pero el campeón es nuestro inefable candidato Alfredo P. Rubalcaba,
que por la mañana es Elliot Ness y por la noche hace arengas en la frontera
canadiense para inundar de whisky irlandés el Chicago de la «ley seca». Habrá
quien piense que es una ocurrencia suya reciente, agobiado como está por el
hecho de que el «efecto Rubalcaba», que tanto prometía, ha revelado ser poco
menos que una plaga de langostas para la cosecha de votos. Ya en Irún, en junio
del 2006, nos demostró la habilidad de sus subordinados para organizar la
captura de unos terroristas mientras ayudaban a éstos a escapar de ellos
mismos. Hay que reconocer que comenzó fuerte, porque el caso Faisán es la
sublimación misma de esa comunión de papeles. Después nos ha ejercido de «poli
malo» con sus advertencias desconfiadas sobre ETA, hasta la impostada defensa
de la prohibición de Bildu. De «poli bueno» ya hacía su periódico de campaña,
Eguiguren y alguno más, con su defensa cerrada de la transmutación pacifista de
los asesinos.
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