Por HERMANN TERTSCH
ABC 05.07.11
Por
mucho tumulto y confusión que la historia generara, él siempre estuvo en el
bando de la decencia, de la verdad
TENÍA
que llegar en algún momento la noticia. Y fue ayer por la mañana. Otto de
Habsburgo había muerto en su casa de Pöcking en Baviera. En paz. Ha vivido 98
inverosímiles años en una vida que parecía alargarse —especialmente desde la
muerte, hace año y medio, de su mujer, la Archiduquesa Regina— por puro sentido
del deber, por esa profunda vocación de servicio, que hoy es difícil de
explicar y para la mayoría de nuestros contemporáneos, por desgracia, imposible
de entender. Cuando nació Otto en 1912, en Reichenau an der Rax, en la Baja
Austria, el mundo era otro. Nacía en una familia, los Habsburgo, que había
gobernado durante ocho siglos gran parte de Europa. Y que aun regía, con el
emperador Francisco José, sobre un vasto imperio que se extendía desde los
Balcanes hasta Suiza, desde la Galicia ucraniana y la Bessarabia rumana hasta
la costa dálmata y Trieste en el Adriático. Era un imperio extraordinario que
ya entonces sobrevivía a su tiempo. Convivían en él multitud de naciones,
nacionalidades, etnias y religiones. Su orden interno era cuestionado y
desafiado desde 1848. Pero allí seguía, sesenta años después, el mismo Kaiser
en Viena, preocupado y ocupado de que, mientras todo cambiaba, cierto orden
permaneciera inalterado. Hasta que llegó la Gran Guerra de 1914-1918 que con
sus decenas de millones de muertos haría estallar aquel orden, el europeo y la
propia civilización como era conocida hasta entonces. El padre de Otto se
convirtió en emperador en 1916, en plena guerra. Ya estaba la suerte echada. El
sucesor designado por Francisco José, el archiduque Francisco Ferdinando había
muerto asesinado en Sarajevo el 28 de junio de 1914, en lo que fue el detonante
de la guerra que cambiaría el mundo.
Tras
la muerte de su padre en el exilio en Madeira, disuelto el imperio, proscritos
los Habsburgo en los estados surgidos en su territorio, Otto podría haberse
convertido en un monarca de opereta, transeúnte por monarquías supervivientes,
todas regidas por familiares. No fue así. Muy duros fueron los primeros años. De
los que pasó buena parte en Lequetio en Vizcaya, donde su madre la emperatriz
Zita fue acogida por el Conde de Peñaflorida. La personalidad de Otto surge ya
con sus estudios en Lovaina de forma irrefrenable. Y cuando en 1938 Hitler
anexiona Austria al Tercer Reich ya tiene en el archiduque a su principal
enemigo, a su compatriota más odiado y perseguido, muy por encima en la lista
de buscados que todos los líderes políticos austriacos. Otto se retira al
exilio en EE.UU donde se convierte en abogado de la intervención norteamericana
y después en activo agente de Roosevelt contra el nazismo. Tras la guerra
volvió a Europa pero a Austria no pudo regresar hasta 1966 por una ley especial
de la República contra la familia Habsburgo. Tras su lucha contra el nazismo
prosiguió con la misma energía su lucha contra el comunismo que sojuzgaba a
muchas naciones que formaron parte del imperio. Y fue una vez más activo agente
contra las dictaduras hasta que en agosto de 1989 estuvo presente en el
encuentro en la frontera entre Austria y Hungría en el que se produjo la fuga a
occidente de medio millar de alemanes orientales. Fue el día en que se quebró
el telón de acero. Por mucho tumulto y confusión que la historia generara, él
siempre estuvo en el bando de la decencia, de la verdad y el profundo respeto a
la persona. Europa, la PanEuropa libre, fue su patria. Profundamente religioso,
fue siempre un hombre libre, inmune al ataque político, a la insidia y al acoso
que sufrió siempre. Un Habsburgo que nunca reinó. Y fue el más ejemplar de
todos.
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