miércoles, 18 de febrero de 2015

FUERTE, LIBRE, VERDADERO

Por HERMANN TERTSCH
  ABC  05.07.11


Por mucho tumulto y confusión que la historia generara, él siempre estuvo en el bando de la decencia, de la verdad

TENÍA que llegar en algún momento la noticia. Y fue ayer por la mañana. Otto de Habsburgo había muerto en su casa de Pöcking en Baviera. En paz. Ha vivido 98 inverosímiles años en una vida que parecía alargarse —especialmente desde la muerte, hace año y medio, de su mujer, la Archiduquesa Regina— por puro sentido del deber, por esa profunda vocación de servicio, que hoy es difícil de explicar y para la mayoría de nuestros contemporáneos, por desgracia, imposible de entender. Cuando nació Otto en 1912, en Reichenau an der Rax, en la Baja Austria, el mundo era otro. Nacía en una familia, los Habsburgo, que había gobernado durante ocho siglos gran parte de Europa. Y que aun regía, con el emperador Francisco José, sobre un vasto imperio que se extendía desde los Balcanes hasta Suiza, desde la Galicia ucraniana y la Bessarabia rumana hasta la costa dálmata y Trieste en el Adriático. Era un imperio extraordinario que ya entonces sobrevivía a su tiempo. Convivían en él multitud de naciones, nacionalidades, etnias y religiones. Su orden interno era cuestionado y desafiado desde 1848. Pero allí seguía, sesenta años después, el mismo Kaiser en Viena, preocupado y ocupado de que, mientras todo cambiaba, cierto orden permaneciera inalterado. Hasta que llegó la Gran Guerra de 1914-1918 que con sus decenas de millones de muertos haría estallar aquel orden, el europeo y la propia civilización como era conocida hasta entonces. El padre de Otto se convirtió en emperador en 1916, en plena guerra. Ya estaba la suerte echada. El sucesor designado por Francisco José, el archiduque Francisco Ferdinando había muerto asesinado en Sarajevo el 28 de junio de 1914, en lo que fue el detonante de la guerra que cambiaría el mundo.

Tras la muerte de su padre en el exilio en Madeira, disuelto el imperio, proscritos los Habsburgo en los estados surgidos en su territorio, Otto podría haberse convertido en un monarca de opereta, transeúnte por monarquías supervivientes, todas regidas por familiares. No fue así. Muy duros fueron los primeros años. De los que pasó buena parte en Lequetio en Vizcaya, donde su madre la emperatriz Zita fue acogida por el Conde de Peñaflorida. La personalidad de Otto surge ya con sus estudios en Lovaina de forma irrefrenable. Y cuando en 1938 Hitler anexiona Austria al Tercer Reich ya tiene en el archiduque a su principal enemigo, a su compatriota más odiado y perseguido, muy por encima en la lista de buscados que todos los líderes políticos austriacos. Otto se retira al exilio en EE.UU donde se convierte en abogado de la intervención norteamericana y después en activo agente de Roosevelt contra el nazismo. Tras la guerra volvió a Europa pero a Austria no pudo regresar hasta 1966 por una ley especial de la República contra la familia Habsburgo. Tras su lucha contra el nazismo prosiguió con la misma energía su lucha contra el comunismo que sojuzgaba a muchas naciones que formaron parte del imperio. Y fue una vez más activo agente contra las dictaduras hasta que en agosto de 1989 estuvo presente en el encuentro en la frontera entre Austria y Hungría en el que se produjo la fuga a occidente de medio millar de alemanes orientales. Fue el día en que se quebró el telón de acero. Por mucho tumulto y confusión que la historia generara, él siempre estuvo en el bando de la decencia, de la verdad y el profundo respeto a la persona. Europa, la PanEuropa libre, fue su patria. Profundamente religioso, fue siempre un hombre libre, inmune al ataque político, a la insidia y al acoso que sufrió siempre. Un Habsburgo que nunca reinó. Y fue el más ejemplar de todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario