ABC 22.02.11
Ya no hay vuelta atrás. Pero el payaso ya ha decidido que
dejará en su hundimiento un paisaje de espanto
A
muchos les parecía ya un simple payaso inofensivo. Había abandonado aquellas
ínfulas de líder revolucionario mundial que le llevaron a inundar occidente con
petrodólares para promocionar su patético Libro Verde. Había renunciado al
programa de armas químicas y biológicas que a finales del siglo XX todo buen
sátrapa árabe creía tener que desarrollar para mayor gloria, capacidad de
chantaje y efectividad criminal. Incluso aceptó reprimir su obsesión por apoyar
a cualquier terrorismo que quisiera matar en Occidente. Y acabó revelando datos
muy valorados por los servicios de información occidentales sobre las redes del
terrorismo revolucionario socialista del pasado. En Europa todos estaban
deseando perdonarle al esperpéntico caudillo nómada sus barrabasadas, desvaríos
y crímenes. Como mayor productor de petróleo del norte de África, sus cerca de
millón y medio de barriles diarios, dan para mucha inversión y negocio. En
Londres, hasta Tony Blair se volcó en el esfuerzo de olvidar el pasado de
Gadafi y se presentó en 2007 a besar al beduino, mientras los tribunales
escoceses hacían piruetas legales para liberar al terrorista que quedaba preso
por el terrible atentado del avión de la PANAM sobre la localidad de Lockerbie
en el que murieron 259 pasajeros en vuelo desde Frankfurt a Nueva York. En
muchas capitales europeas se dio la bienvenida al personaje, para muchos cada
vez menos siniestro y más divertido. Se le abrieron los parques públicos para
instalar sus «jaimas» y congregar a la prensa para presumir de escoltas tetonas
color cobalto y de los nuevos caballos que viajaban con él. Nadie hacía
demasiado caso a sus tediosas cantinelas megalómanas, pero todos están atentos
y prestos cuando sacaba la pluma para firmar un proyecto o una concesión. Todos
toleraban con infinita condescendencia las astracanadas del vejete
revolucionario, como se aguantan las de Fidel Castro. Con buen humor y
comprensión. Y por supuesto también las de sus hijos, que solían tener altercados
en todas las capitales europeas por comportarse allí como lo hacían en casa.
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