ABC 25.02.11
Las
nuevas generaciones árabes obedecen a aquellas consignas de Wojtila. Ni tienen
miedo ni se resignan
SON
palabras cristianas milenarias. Sin embargo, es precisamente en el mundo
marcado por sus raíces cristianas en el que más cae en olvido esta bendita
consigna. Somos, lo que se ha dado en llamar Occidente, la parte de la
humanidad mejor tratada en la historia. Toda la humanidad ansía vivir como
nosotros. Si hay rincones del globo que no tienen pulsiones migratorias hacia
el mundo occidental es porque gozan ya de sociedades inspiradas en las
nuestras. Y, sin embargo, también es la sociedad occidental, la más próspera,
eficaz y compasiva que jamás ha existido, la que con más facilidad cae en el
desánimo y la zozobra. En miedos siempre egoístas. Lo vemos ahora en las
reacciones ante el terremoto político, geopolítico, moral y cultural que sacude
Oriente Medio y el norte de África y que, sin duda, cambiará el mundo. Se
critica a los líderes occidentales por su complicidad con las satrapías árabes.
Pero parece que es nuestra sociedad la que está angustiada por la caída de los
regímenes que aplastaban a sus pueblos. La mayoría se sentía al parecer más
cómoda —y se creía más segura— con la certeza de que cientos de millones
vivieran sin libertad ni derechos, enjaulados por minorías a las que, a cambio,
tratábamos con benevolencia pese a su desprecio a todas nuestras reglas
morales.
La
forma más fácil de conciliarse con la nueva situación es tomar conciencia de
que es inevitable. Que las dictaduras, tal como las conocemos, pertenecerán
pronto al pasado. Lamentarlo es, además de moralmente cuestionable, un inútil
ejercicio de melancolía. Sin duda, debemos estar alerta ante los muchos
peligros posibles. Pero estamos ante la demostración más palmaria de que la
historia no está predeterminada. El futuro está abierto, para lo bueno y lo
malo. Los jóvenes árabes demuestran que no estaba escrito que tengan que vivir
como las generaciones anteriores bajo un poder absoluto. Nosotros no debemos
caer en el fatalismo de sus mayores. Y creer que necesariamente acabarán en
manos del fanatismo islamista. Puede ser, pero no tiene por qué. Lo sucedido
sugiere que más bien podría ocurrir lo contrario. Y que el islamismo
fundamentalista sea la segunda víctima de esta insurrección, en esencia
emancipadora. La hacen generaciones jóvenes que tienen muy presente el trágico
destino de Irán bajo los ayatollahs, un factor disuasorio de toda aventura
islamista. Hay razones para pensar que el régimen iraní también irá pronto al
basurero de la historia. Como las dictaduras laicas y las monarquías
teocráticas. Comparte esta opinión Simón Peres, presidente de Israel y uno de
los pocos sabios activos en la política mundial. Tuve el privilegio de verlo en
Madrid esta semana, en casa de nuestro común amigo Mauricio Hatchuell. Y se
mostró muy esperanzado. Si este judío que ha vivido siete guerras en Israel no
tiene miedo, no debiéramos tenerlo nosotros. Su esperanza se basa en esos
jóvenes que se juegan la vida por su derecho a vivir como nosotros. Su modelo
no está en Teherán, sino en Washington, en Estambul o en Berlín.
No hay comentarios:
Publicar un comentario