ABC Martes, 13.12.11
Si creen que ya tienen
suficientes motivos para el disgusto y no se quieren enfadar mucho más les
recomiendo no se les ocurra echar un vistazo al Boletín Oficial del Estado del
25 de noviembre de este año. El cabreo puede ser de los que maltratan la salud.
Porque allí se publican quince páginas de beneficiarios de subvenciones para la
causa sacra laica de la «memoria histórica» que si se analizaran y fiscalizaran
bien podrían dar trabajo a nuestros tribunales hasta bien comenzado el siglo
próximo. Por mera curiosidad malsana dan ganas de interesarse por el destino
real de millones de euros fragmentados en multitud de cantidades todas
orgullosas que han cobrado grupos más o menos sospechosos y personas físicas
por excavar fosas reales o supuestas, por conferencias a precio de Premio
Nobel, por construir monumentos cuando otros se destruyen o por fantasmales
estudios sobre la «memoria oral». Se trata de una interminable lista de listos
que han cobrado algunos probablemente han vivido de las ganas del presidente
Zapatero de dividir una vez más a los españoles en buenos y malos según su
ideología. Lo que era una perversión política que ha hecho un daño infinito a
la convivencia de los españoles y a la cultura política de este país ha sido
además un inmenso negocio de todos esos espabilados movilizados para trincar
parte del dinero público que ya sabemos no es de nadie. La famosa frase del
presidente y capitán del resentimiento a su ministro Solbes tenía sentido: «¿No
me vas a decir Pedro, que no hay dinero para hacer política?» Vaya sí lo había
y lo hay. También ahora, cuando se van porque los han echado los españoles.
Precisamente ahora, cabe decir, cuando ya les quedan semanas o días para dejar
de tener la llave de la caja. Están lanzados a adjudicar dinero a sus
amiguetes. Como sea, por lo que sea. Como si les fuera la vida en que no quede
nada en la caja por repartir. ¡Por Prieto, por Iglesias, por Durruti o por
Tutatis, que no le dejen nada en la caja que gastar a la derecha! Como si se
tratara del abandono precipitado de unos cuarteles asaltados por el enemigo, la
consigna parece ser dejar tierra quemada al enemigo. Lo hemos visto con los nombramientos.
La desvergüenza del aluvión de personajes y personajillos que han colocado en
cargos de la administración, saltándose los reglamentos cuando no las leyes. Lo
hemos visto con los viajes que como voraces nuevos ricos se han lanzado a hacer
en último minuto, sin programación ni agenda, con el único fin de aprovechar su
acceso al dinero de los españoles. Pero una de las formas principales de saqueo
es como ha sido siempre la política de subvenciones. Sobre todo la pasta. «Hay
que gastarse la pasta y dársela a los nuestros», es el lema de esta carrera
desvergonzada de gasto desesperado en las semanas de transición y que tiene
buen reflejo en esas páginas alucinógenas del BOE del 25 de noviembre, cinco
días después de las elecciones. «Todo para los nuestros, ahora o nunca». Y allá
van las subvenciones. A todo un mar de siglas, asociaciones, ateneos, personas
físicas, iniciativas y simples «ideas» tras las que invariablemente se
encuentran «camaradas» de diverso pelaje de ese fantasmagórico Frente Popular
que nuestro gran Timonel quiso reinventar para satisfacer la pulsión de
revancha por la suerte del abuelo. Hasta las justificables exhumaciones de
víctimas de la guerra civil, hechas por estos listos salen más caras que las
excavaciones de Schliemann en Troya. Hasta las iniciativas honorables, que las
habrá, suenan a estafa. Todo lo han profanado, pero más que nada, la caja.
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