ABC Viernes, 16.12.11
COMPRENDO que quienes viven para sobrevivir lo mejor posible
y su única obsesión es la acumulación de bienestar o al menos comodidad, se
sientan molestos ante impertinentes exhortos a la conciencia. Si de lo que se
trata es de ir trampeando y adaptar la vida propia y la del país a las sendas
de la mínima resistencia y molestia toda irrupción de condicionamientos como el
respeto a ciertos valores supone un incordio cuando no un serio trastorno. A
evitarse o ignorarse a toda costa. Pero en los momentos difíciles queda claro
que quien no tenga unos cimientos de valores para su conciencia, no sabe
respetarse a sí mismo y pierde anclaje. Y queda a merced de vaivenes y
voluntades ajenas, violencias y caprichos externos. Para respetarnos a nosotros
mismos no deberían pasar cosas en España como la ayer acontecida en la
Audiencia. Allí se suspendió a media mañana un juicio. Se iba a juzgar a los
dos etarras responsables del atentado contra la casa cuartel de Santa Pola. La
bomba mató a un hombre, Cecilio Gallego, y a una niña de seis años, Silvia
Martinez Santiago. El atentado fue en agosto del 2002. ¿Se acuerdan? Los padres
de la niña sí. Han esperado al juicio nueve años y medio interminables. Esta
mañana los 63 testigos ya habían pasado todos ellos los penosos trámites y la
larga espera en la calle para el juicio. Habían llegado, como otros que querían
expresar su cariño a las familias, de todos los puntos de España. En viajes
largos, con los consiguientes gastos, siempre excesivos para familias humildes.
Y a media mañana les dijeron que el furgón que iba a recoger al preso etarra en
Alcalá Meco se había averiado. Y que no habría juicio. En este país
desarrollado, del Primer Mundo, no hubo otro furgón policial para recoger al
preso. En Madrid, en el 2011. Un coche para recoger a 25 kilómetros a un preso.
Para una cita vital para unos españoles de bien, víctimas inocentes. Para el
juicio del asesino. Para un juicio cuyo fin máximo es esa mínima compensación a
una
madre por el infinito dolor de perder a
su hija de seis años. Toñi Santiago, la madre, tiene que volver a esperar. No
se sabe hasta cuándo. Ayer estuve con Toñi junto a la Audiencia. Estaba
desencajada. No se cree ya nada. No se cree el motivo expuesto de la avería. No
había familiares de los terroristas como siempre. ¿Les habían avisado a ellos
de que no habría juicio? ¿Sabían algunos que no se celebraría? Sospecha Toñi
que a muchos no les convenía el juicio de ayer. Que coincidía con la triunfal
entrada de Amaiur, el partido de los asesinos de su hija, en el Congreso de los
Diputados. Quizás se equivoque, pero piensa que no querían que hubiera imágenes
de los asesinos de una niña el mismo día en que el Rey tenía que recibir en
Zarzuela a sus cómplices. El propio Rey pasó un mal trago ayer. Bien se lo dejó
notar. Pero aquí está Amaiur, sentada en el Congreso de los Diputados, sin
jamás haber condenado a los asesinos de la pequeña Silvia. Nuestra conciencia
debía conmoverse cuando a las víctimas se las trata sin respeto y los asesinos
y sus cómplices pisan moqueta y visitan palacios. La responsabilidad histórica
de esta sangrante anomalía la tienen sin duda el aún hoy presidente en
funciones, Zapatero, y el Tribunal Constitucional de Pascual Sala. Pero nada nos
respetamos los demás si ignoramos el dolor de Toñi. Y no vemos la abismal
anomalía. Sin esos cimientos estamos, como se ha visto, a merced de los peores.
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