ABC Viernes, 09.12.11
ES realmente mansurrón este pueblo. ¡Qué difícil irritarlo
con la ofensa o el abuso! Nuestra fiereza sólo se manifiesta cuando nos
despellejamos entre nosotros. Hasta nuestra resistencia épica a la invasión
francesa quizás se explicara mejor con el odio a los afrancesados españoles que
a las tropas extranjeras. Pero frente al poder, por zarrapastroso que éste sea,
esta sociedad muestra paciencia infinita, sumisión aletargada e indolente,
resignación pasota. Quienes llegan a poderosos lo saben. De ahí su proverbial
falta de respeto a la ciudadanía. De esa sumisión se nutre la osadía del poder
para los peores propósitos, pero también para las mil mezquindades. En esto da
muchas veces igual de qué partido o ideología hablemos. Pero los campeones
suelen proceder siempre de la escuela del resentimiento. En estos últimos años,
los españoles han tragado carros y carretas. La estafa ha sido permanente.
Sabemos cómo empezó todo. Allí, en Atocha. «Malamente», que diría el gitano. Y
ahora vemos cómo termina. Fracasado estrepitosamente el proyecto de cambio de
régimen, el aparato que creía haber llegado para quedarse, se rompe, desmorona
y desparrama. Los náufragos luchan por los botes salvavidas de los cada vez más
escasos cargos y carguitos. Y algunos muy claramente han decidido que más vale
una vez rojo que cien amarillo y se dedican a trincar por donde pueden. Como
sus aliados los «okupas» buscan acomodo usurpado. Ningún abuso les avergüenza.
Decía un poema de Rilke que la casa urge antes del otoño. Le han hecho caso, aunque
confundan su nombre con una marca de ginebra. Se han hecho unas casas
espectaculares, de magnate hortera, de hortelano agraciado en el juego. Y dicen
pagarlas con un sueldo de político que sólo en países mileuristas como el
nuestro puede resultar objeto de envidias y no resulta miserable. Todo el mundo
sabe que las cuentas no salen. Los colegios de elite de los niños, las
hipotecas, los coches, las vacaciones, los esquís, los cursos en el extranjero,
los trajes, los abrigos, los relojes y los parientes, cuando no los caballos,
no caben en esos sueldos mejorados de alto cargo de país pobre. Pero el
síndrome de la oportunidad es superior a ellos. El lema es: «ahora nos toca a
nosotros». En el mundo plano de esta escuela del resentimiento, se crece en la
convicción de que, al menos desde Calígula, la derecha se enriquece por malas
artes. Y con el objetivo de corregir esta injusticia histórica. En la época de
las grandes revoluciones redentoras, se creían ya dueños definitivos de la
historia. Pero como aquello no funcionó y en la democracia siempre existe el
riesgo de la alternancia y pérdida del poder, las prisas por compensar los
2.000 años de enriquecimiento de la derecha provoca serios tropiezos.
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