miércoles, 18 de febrero de 2015

LA FIESTA DE LA JAURÍA

Por HERMANN TERTSCH
  ABC  26.07.11


La llamada hegemonía cultural de la izquierda ha garantizado a algunos libertades que no tienen los demás

Han sido días de entusiasmo y festejo desenfrenado. Lo merecía el acontecimiento. Por fin, confirmaba la carta blanca. Podemos lo que queremos. ¿Se quejaba? Taza y media. ¿Le molestó, hirió o preocupó? Es lo que queríamos. Y se va a enterar. Porque ahora está ya definitivamente claro que podemos. Más lejos todavía. Los insultos, las burlas y las injurias a baldazos. Y lo cierto es que habían es que habían estado inquietos durante un tiempo. Desde que se presentó la demanda. Porque ellos partían de que no la habría. De que todos teníamos convenientemente claro que ellos pueden permitírselo. Durante más de un año les han asaltado dudas sobre su propia impunidad. Cierto que gozan de ella desde hace décadas. La llamada hegemonía cultural de la izquierda y esa superioridad moral que se atribuyó en el posfranquismo han garantizado a algunos libertades que no tienen los demás. Y que no tiene nadie en otras democracias. Deciden qué libros son buenos y malos, qué películas hay que ver y cuáles ignorar o qué artistas deben ser defendidos o condenados. También deciden quién es demócrata y quién no. Perdonan unas biografías y condenan otras. Pero ante todo son ellos quienes dicen a quién hay que amar y odiar. Su aparato de descalificación y rodillo intimidatorio funciona. Cuando se trata de machacar a quien no acepta el discurso hegemónico, hay armonía en la secta izquierdista y dejan de importar las peleas internas por la guerra del fútbol o Rubalcaba y Chacón. Pocos son los que en trabajos de exposición pública se atreven a desafiar al comando de matones dispuesto a cobrarse una muerte civil.

No voy a comentar los insultos recibidos en los últimos días. Porque revelan que el señor Wyoming tiene unos seguidores de los que hasta él se avergonzaría. Ni aludiré a la jueza que no ha entendido que es precisamente la movilización de esta jauría que me insulta por la calle y por la red el objetivo de la manipulación de que era objeto la demanda. Quienes me llaman «nazi hijo de puta» al grito de «Viva Wyoming» no son quienes ven mis intervenciones en televisión o leen mis artículos en ABC. Son quienes reciben su dosis de odio movilizados contra Tertsch en los programas de Wyoming. El día de aquella manipulación fue aún más lejos. La jueza no ha entendido que eleva el peligro que corro. Dice la sentencia que cualquier inteligencia mediana entiende que aquello fue una broma. Yo le pregunto que qué hacemos con los que tengan otro nivel de inteligencia. O con un grupo de jóvenes islamistas cuyo dominio del castellano no alcanza para entender el código de humor del programa, pero sí para entender como yo, con mi imagen y mi voz, digo en televisión que quiero matar musulmanes.

En fin, este país es el que es. Igual que estos antifranquistas surgieron heroicamente de la clandestinidad cuando Franco llevaba un lustro muerto, supongo que todos están esperando a que lleve un tiempo en el basurero de la historia este aparato represivo e intimidatorio de la izquierda para darse cuenta de que lo desprecian tanto como merece. Y además no le tienen miedo.

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