ABC 26.07.11
La llamada hegemonía cultural de la
izquierda ha garantizado a algunos libertades que no tienen los demás
Han
sido días de entusiasmo y festejo desenfrenado. Lo merecía el acontecimiento.
Por fin, confirmaba la carta blanca. Podemos lo que queremos. ¿Se quejaba? Taza
y media. ¿Le molestó, hirió o preocupó? Es lo que queríamos. Y se va a enterar.
Porque ahora está ya definitivamente claro que podemos. Más lejos todavía. Los
insultos, las burlas y las injurias a baldazos. Y lo cierto es que habían es
que habían estado inquietos durante un tiempo. Desde que se presentó la
demanda. Porque ellos partían de que no la habría. De que todos teníamos
convenientemente claro que ellos pueden permitírselo. Durante más de un año les
han asaltado dudas sobre su propia impunidad. Cierto que gozan de ella desde
hace décadas. La llamada hegemonía cultural de la izquierda y esa superioridad
moral que se atribuyó en el posfranquismo han garantizado a algunos libertades
que no tienen los demás. Y que no tiene nadie en otras democracias. Deciden qué
libros son buenos y malos, qué películas hay que ver y cuáles ignorar o qué
artistas deben ser defendidos o condenados. También deciden quién es demócrata
y quién no. Perdonan unas biografías y condenan otras. Pero ante todo son ellos
quienes dicen a quién hay que amar y odiar. Su aparato de descalificación y
rodillo intimidatorio funciona. Cuando se trata de machacar a quien no acepta
el discurso hegemónico, hay armonía en la secta izquierdista y dejan de
importar las peleas internas por la guerra del fútbol o Rubalcaba y Chacón.
Pocos son los que en trabajos de exposición pública se atreven a desafiar al
comando de matones dispuesto a cobrarse una muerte civil.
No
voy a comentar los insultos recibidos en los últimos días. Porque revelan que
el señor Wyoming tiene unos seguidores de los que hasta él se avergonzaría. Ni
aludiré a la jueza que no ha entendido que es precisamente la movilización de
esta jauría que me insulta por la calle y por la red el objetivo de la
manipulación de que era objeto la demanda. Quienes me llaman «nazi hijo de
puta» al grito de «Viva Wyoming» no son quienes ven mis intervenciones en
televisión o leen mis artículos en ABC. Son quienes reciben su dosis de odio
movilizados contra Tertsch en los programas de Wyoming. El día de aquella
manipulación fue aún más lejos. La jueza no ha entendido que eleva el peligro
que corro. Dice la sentencia que cualquier inteligencia mediana entiende que
aquello fue una broma. Yo le pregunto que qué hacemos con los que tengan otro
nivel de inteligencia. O con un grupo de jóvenes islamistas cuyo dominio del
castellano no alcanza para entender el código de humor del programa, pero sí
para entender como yo, con mi imagen y mi voz, digo en televisión que quiero
matar musulmanes.
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