Por HERMANN
TERTSCH
ABC 31.01.11
«Quizás sopesa la posibilidad de una solución china, un
Tiananmen, capaz de quebrar la voluntad de los egipcios»
Un grupo de manifestantes quema un retrato del presidente
egipcio, Hosni Mubarak
Todos
sintieron mucho la muerte de Muammad, el nieto del presidente Hosni Mubarak
hace dos años. Tuvo un repentino derrame cerebral y murió tan sólo un par de
días después. El pésame popular fue sincero, probablemente mucho más que el de
todos los aduladores que acudieron a la ceremonia fúnebre para cumplir
obsequiosamente ante el aún todopoderoso abuelo. Pero incluso la muerte del
nieto fue una ocasión más para la ofensa al pueblo egipcio. Porque todos
supieron que en cuanto se percibió que el niño estaba grave, se fletó un avión
para llevarlo a un hospital de París, que es donde murió. Y desde donde se
produjo el duro trance de la repatriación, que no pasó desapercibida para ningún
egipcio.
Cuando
cerca del 25 por ciento de los niños viven en la pobreza —hablemos de miseria—
y el 50 por ciento de la población tiene que sobrevivir con menos de 1,5 euros
al día, este tipo de sucesos duelen y ofenden, incluso a una población
acostumbrada a ser despreciada por el poder y por todos sus muy jerarquizados
representantes. Incluidos los más bajos en el escalafón que son la Policía.
Omnipresente en las vidas de los egipcios, se comporta con tanta soberbia y
arrogancia que el peor ministro o el todopoderoso empresario amigo de los
Mubarak.
Se
deja corromper por cualquiera pero actúa como si fuera el delegado personal del
presidente. Cuando hay que limpiar a patadas y porrazos una calle lo hacen sin
contemplaciones. Para que pase, por ejemplo, una caravana de coches repletos de
invitadas de Suzanne Mubarak, occidentales de compras de exotismo y lujo —con
los hombros descubiertos tan ofensivos a los musulmanes— o parientes y miembros
de las familias de grandes multimillonarios que han formado la casta de los
poderosos en Egipto.
Y la
continua ostentación y el lujo de esos pocos que han visto cómo aumentaba la
miseria por todo el país pero no lo veían a través de los cristales ahumados de
sus limusinas. Y como dique contra la crítica, la tortura, convertida en
habitual trato en las comisarías. Y germen del odio que ahora se ha desbocado
contra todo el cuerpo policial. Igual que el que despiertan los grandes
magnates crecidos al amparo del régimen. Muchos aviones privados de lujo han
partido estos pasados tres días de los aeropuertos egipcios. Para no volver.
Aquí sólo se espera ya que parta el avión del presidente.
Ayer,
con la Cornisa del Nilo y las cercanías de la plaza Tharsir aún jalonadas por
coches y furgones policiales humeantes y el penetrante olor a plástico quemado
pegado al asfalto y mezclado con el humo del gasoil de los tanques, las zonas
más bellas de la capital egipcia se antojaban a la caída de la tarde como la
perfecta metáfora de la farsa tantos años mantenida.
Dicen
que Mubarak y su entorno aún no entienden lo que está sucediendo. O sí. Quizás
está sopesando la posibilidad de una solución china, un Tiananmen, capaz de
quebrar la voluntad de los egipcios. Porque posibilidades de reforma bajo su
mando no le quedan. Pero asusta siquiera pensar en las dimensiones de la
tragedia que desencadenaría.
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