ABC Viernes, 30.12.11
Para
reconstruir este país Rajoy tiene que activar a la sociedad como no lo ha
tenido que hacer nunca un gobierno democrático
«Es
la economía, estúpido». Por supuesto que es la economía. Mariano Rajoy no
necesitaba que ningún asesor se lo recordara como a Bill Clinton en la campaña
de 1992. Considerando la situación económica, arcas incluidas, que Aznar dejó a
Zapatero en 2004, la que éste ha dejado en herencia a Rajoy tras menos de ocho
años de gestión es difícilmente explicable sin una guerra por medio. La
devastación es tan general que ahora el gobierno ha de aplicar poco menos que
una economía de guerra para intentar salir del pozo. Rajoy lo sabía y por eso
no se dejó distraer por ninguna otra cuestión o causa durante el último año ni
por supuesto en campaña. Ha sido el desastre económico – las mentiras y la
ineptitud – el que ha enterrado el proyecto Zapatero. No han sido las tropelías
políticas sin fin, ni su profunda amoralidad y vacuidad, ni sus ofensas y
campañas contra la mitad de la población española. Los españoles sólo han
reaccionado cuando el disparate general les tocó directamente el bolsillo. Hizo
por tanto muy bien Rajoy en centrar sus críticas y propuestas en la economía que
había irrumpido ya en todos los hogares españoles para sembrar el miedo
existencial. Acertó Rajoy y a la vista está. La economía seguirá siendo por
supuesto la máxima prioridad porque no puede haber otra que la de rescatar de
ese miedo existencial a los más de cinco millones de españoles que no tienen
trabajo. Y que suponen, además de tragedias inasumibles, un lastre insufrible
para un país que quiere reemprender la senda del desarrollo y la prosperidad
tras el terrible accidente histórico que ha sufrido.
Pero
erraría gravemente el Gobierno de Rajoy si cree que puede salir airoso de la
titánica empresa en la que se ha embarcado ignorando los demás campos de la
acción política con la misma contumacia con que lo hizo en campaña. Sin músculo
político, ejercicio con convicción y firmeza y mucho vigor pedagógico, el
Gobierno puede ser el gestor más eficaz de los números para verse arrollado
pronto por las resistencias. Que serán muchas. Porque para reactivar esta
economía y reconstruir este país tiene que activar a la sociedad como no lo ha
tenido que hacer nunca un gobierno democrático. Y para ello tiene que presentar
un mensaje regeneracionista movilizador y estimulante que es incompatible con
la inercia hacia la componenda, la huida del conflicto y el apaciguamiento de
los enemigos de las reformas. Que existen y existirán. Y se reorganizarán para
combatir y sabotear los cambios, agitar los miedos y la insatisfacción. Aunque
el PSOE salga de su profunda confusión de la mejor manera posible –abandonando
el izquierdismo pueril con una propuesta socialdemócrata más o menos
razonable–, el Gobierno se va a enfrentar a la movilización de toda la
subcultura del resentimiento y el populismo. De ahí que tenga que afrontar el
saneamiento de las áreas de Interior y Justicia con celeridad. Para evitar
tener al saboteador dentro. Por no hablar de su política de comunicación. Vean
la imagen que da RTVE del nuevo Gobierno y saquen conclusiones. Sin un mensaje
y una narración adecuada del proyecto político, sus costes, efectos y
esperanzas, este Gobierno será acosado sin cesar por una radicalidad
izquierdista que el PSOE ha dejado firmemente instalada en el aparato del
Estado y los medios de comunicación. Cediendo espacio y el discurso al
adversario no se ganan aliados. Sin la fuerza de las ideas, el Gobierno puede
convertirse pronto en un diligente gestor prisionero e impotente. La supremacía
de los valores del progreso y la libertad necesita convicción y voluntad
política para hacerse paso.
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