ABC Martes, 27.12.11
FUE tan rápido que muchos no entendieron lo que había pasado
en Moscú aquellos días de diciembre de 1991. En plena aceleración de la
historia se produjo el inmenso cataclismo. Y sin embargo, no hubo un Armagedón.
La inmensa y monstruosa construcción del imperio comunista se desmoronó como un
castillo de naipes sin que nadie saliera a defenderlo. En la metrópolis del
fanatismo mesiánico del comunismo no quedaban creyentes. Dentro sólo había
confusión y rabia. Y un sálvese quien pueda. Fuera todo era estupefacción. El
hundimiento de una gran potencia mundial en tres días es difícil de entender y
asimilar. Pero sucedió en ese brevísimo espacio de tiempo. En apenas 72 horas
se pasó de un golpe involucionista de nostálgicos del comunismo estalinista más
puro a la constitución de la Confederación de Estados Independientes (CEI) que
no era sino la gestora de liquidación de bienes entre las mayores repúblicas de
la Unión Soviética. Decenas de millones de seres humanos habían sido
sacrificados por esa idea en Rusia y en todo el globo. Poetas e intelectuales
de todo el mundo habían cantado la gesta redentora de la humanidad proletaria.
Durante más de setenta años la humanidad había mirado con pasión, entusiasmo o
terror hacia la cuna del mundo nuevo, de los tiempos nuevos que prometía la
superación y haría olvidar toda la historia anterior vivida por el hombre. Todo
era brutalidad, ambición y mentira desde un principio en una maquinaria que
creció sin cesar y devoró insaciable a sus hijos y a todas las víctimas que cayeran
a su alcance. La barbarie estaba en la idea inicial, combinación del desprecio
asiático al individuo y el mesianismo romántico occidental. La mezcla explosiva
tuvo su detonante y medio amable en Rusia y el incendio resultante se extendió
sembrando el terror, la muerte y la devastación por todo el mundo.
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