ABC 24.09.07
Uno de los más manidos instrumentos del aparato de
propaganda del zapaterismo para desacreditar a la oposición ha sido el fiero
sarcasmo en el desprecio a los temores de millones de españoles y del Partido
Popular sobre el fraccionamiento de la España democrática. ¡Cuánto se han reído
todos los que se sienten beneficiarios de esta legislatura -ultras
nacionalistas, radicales izquierdistas, socializantes de sus cargos y moderados
políticamente correctos con mejor o peor conciencia- de la preocupación de los que
califican despectivamente los «serrompeespaña».
En su
hasta hace poco muy efectiva perversión del lenguaje y ocultación de la
realidad, han bombardeado a la sociedad española con el mensaje de que todo el
catastrofismo y los agoreros de la oposición han sido desmentidos por los
hechos ya que España sigue existiendo tras tres años y medio de Gobierno de
Zapatero. Este verano, sin embargo, como efecto retardado de las elecciones
municipales, el Gobierno ha percibido claramente que los temores de toda esa España
que desprecian y difaman desde que llegaron al poder se han extendido. Amenazan
ya a su proyecto de crear un nuevo régimen sin alternancia democrática posible
gracias a las alianzas de suma de intereses y odios al sistema constitucional
como los que han logrado imponer en comunidades autónomas muy diversas, desde
Galicia hasta el grotesco caso del pentapartito de las Islas Baleares.
Por
eso se hizo recular a los socialistas navarros que esperaban impacientes su
premio en este proyecto general. Y de ahí la indignación de quienes no han
entendido que fueran ellos precisamente los que tuvieran que renunciar a la
orgía del reparto cuando su opción vasquista con Nafarroa Bai era menos
peregrina que esa coalición de pancatalanistas, sectas antisistema y reinonas
del ladrillo de las islas. De ahí también el asalto a las arcas públicas para
vender «Gobierno de España» a los padres so pretexto de convencer a los niños
que no metan los dedos en los enchufes ni se tiren desde el quinto piso.
Pero
los demonios alimentados por esa cultura del enemigo interior que Zapatero
implantó desde el momento en el que fatalidad y tragedia lo llevaron al poder,
tienden a buscar vida propia cuando se saben crecidos. Y en esta España
«cohesionada» -de la que hablaba hace semanas Zapatero en una entrevista tan
larga, tediosa y mentirosa como normalmente solo se leen en la prensa oficial
de países del Tercer Mundo- tenemos ya al presidente de una comunidad, la
vasca, empeñado en convocar un referéndum ilegal el año próximo y a dos expresidentes
de la Generalidad de Cataluña -máximos representantes del Estado allí- pidiendo
la independencia como única solución.
Tenemos
a un partido de la coalición gobernante en esa misma región (ERC) que defiende
abiertamente a un grupo terrorista como Terra Lliure, a los medios públicos y a
los privados haciendo apología de la coacción y a los líderes de la oposición
amenazados de muerte públicamente. Y tenemos al único Gobierno europeo, salvo
que se quiera incluir en nuestro entorno al bielorruso Lukashenko o al ruso
Putin, que no sólo tolera las amenazas a la oposición sino culpa a ésta de ser
amenazada de muerte por nazis y nacionalcomunistas catalanes. Los malpensados
llegamos a la conclusión de que el zapaterismo acepta de buen grado que los antorcheros
«maulets» hagan imposible la campaña electoral a los demócratas que no se
humillen. De la apertura de la veda contra la monarquía, muy calculada en la
secta, irresponsable y suicida en los demócratas, habremos por desgracia de
hablar mucho en adelante.
Los
privilegios del chantaje y la arbitrariedad política más obscena, que de la
repartición de los fondos comunes de todos los españoles se derivan y en los
presupuestos se manifiestan, quizás no sean suficientes para revelar a más de
un ciego vocacional que España sí se ha roto y bastante con Zapatero -por
desgracia con ayuda de quienes en décadas pasadas apostaron por granjearse
lealtades nunca obtenidas-. Quizás sea más gráfico el ver que las libertades de
que disfrutan unos y otros españoles, dependiendo donde vivan, son ya
abismalmente diferentes.
En
Madrid puedes abrir una tienda en la que el idioma «vehicular» (¡toma ya!) y
único sea el azerí. En Cataluña has de escriturar en la lengua de Dios.
Probablemente la solución esté en que todos los niños bajo regímenes
nacionalistas-socialistas pidan a los Reyes ser como los de Pepiño Blanco que
van al Británico en Madrid o los de Pepe Montilla, puntuales en el Colegio
Alemán de Barcelona.
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