ABC 17.03.09
ES siempre un misterio el designio de los individuos si en
ellos se cree y no se confía en esa masa que puede ser blanda y después
terrible. Es siempre difícil de saber quiénes crecen de una forma u otra,
quiénes querrán lo que otros odian. Muchas tardes pasamos mis hermanos y yo
escuchando a mi padre tocar el piano, mucho Mozart, mientras deseábamos
ardientes poder estar con nuestros amigos jugando al fútbol por los adoquines
de una calle, Maestro Lasalle, en un rincón de Chamartín, por entonces rodeado de
campos, ovejas y callejuelas y caminos, casas laceradas por el tiempo y la
pobreza, solares y arroyuelos que nadie que hoy viva por allí se atrevería a
imaginar. La primera vez que me detuvieron en mi vida fue tras una larga huida
ante el pastor que corría como un héroe griego intentando y consiguiendo
capturar al infame niñato que había puesto en alarma y huida a todo su rebaño.
Aposté con otro niño que yo montaría sobre una oveja. No quiso competir
conmigo. Pero yo sí conseguí que el rebaño se desbocara. A través de las vías
del tranvía de la línea 70 entre la Ciudad Lineal y la calle de la División
Azul. Aún recuerdo el olor de una vaquería cercana. Yo corría con tanto
entusiasmo por el hecho como por terror ante el iracundo propietario de las
bestezuelas. Nunca olvidaré el vigor del pastor que me persiguió hasta
atraparme y agarrarme por el cogote a velocidades insólitas.
En
aquella época, hablamos de los años sesenta, mis hermanos y yo no sólo teníamos
horas impuestas de Mozart que nos robaban el fútbol con los niños vecinos en
aquel empedrado, en aquellos adoquines tan bonitos que estaban flanqueados por
madreselvas, acacias y moreras. Y no nos sentíamos desgraciados sólo por la
imposibilidad de convencer a mi padre de que comprara una televisión para que
no nos fuéramos furtivos a casas de vecinos amigos a ver la serie de Daniel
Boone. Curioso que mi padre ya entonces adivinara el potencial de basura de la
televisión y que no la dejara entrar en casa hasta que mi hermano menor cumplió
los doce o los trece. En aquella época, antes de que creciéramos y cada uno
tomara su rumbo en la vida, también teníamos que entrar, aunque no mucho, a un
salón lleno de humo de una chimenea que tiraba muy mal, en la que mi padre
escuchaba -añadiendo humo a la niebla tóxica total con su pipa-, el Anillo de
los Nibelungos, los Maestros Cantores o el Tannhäuser. El viernes estuve viendo
el Tannhäuser en el Teatro Real. Fue una experiencia tan sublime que hice
resucitar a mi padre varias veces. Lloré más que cuando me detuvo el pastor.
Recé más que cuando rezaba. Y toda la vida se me echó encima. Y hubo un momento
en el que no sabía si dar más gracias a mi padre, a Dios o a Wagner. Por la
belleza concentrada de la vida.
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