ABC 10.11.12
Pekin celebre su sacra
ceremonia laica del Congreso del Partido Comunista con toda la solemnidad de
siempre. Pero con la clara percepción de que ni el partido se siente seguro ni
sabe cómo recuperar las certezas, más allá de su política de vigilancia y represión
y su retórica clásica. Las contradicciones siempre han sido lacerantes, desde
que se lanzó con tanto éxito con Deng Xiao Ping la idea de «un país, dos
sistemas». Pero según pasan los años, las dificultades para ignorarla aumentan.
Y las llamadas a la pureza ideológica y a la firmeza leninista son cada vez
menos convincentes. Ante las crecientes desigualdades, la clase media emergente
en las ciudades y un campo insatisfecho. Que la corrupción es generalizada lo
saben muy bien todos los chinos que conviven con ella. Pero todos saben también
dónde esta corrupción es máxima. El partido comunista pide responsabilidad y
honradez a los súbditos. Pero, como todos los comunistas desde Lenin han podido
comprobar, sin libertad no hay responsabilidad que valga. Y viceversa. No se
puede exigir probidad cuando es sabido que la falta de control es lo que la
impide. Los grandes jefes comunistas se reúnen cada diez años para cambiar de
superjefe, que será secretario general primero y después presidente. Hu Jintao
se despide de la jefatura del partido advirtiendo que la corrupción puede poner
en peligro al partido y al Estado. Y advierte que China jamás adoptará un
régimen pluralista y democrático. Así las cosas el nuevo jefe Xi Jing Ping ha
sido designado para dar el siguiente paso en la cuadratura del círculo,
aumentar «la democracia popular», sin que el partido único pierda el control
absoluto. Cuando los materiales dan evidentes señales de agotamiento. Y los
cauces para canalizar los descontentos no funcionan. Tienen razones los tiranos
para sentir angustia..
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